lunes 25 de mayo de 2020 - Edición Nº537

De Puño y Letra | 8 may 2020

Cine

Un dichoso cruce

Apenas veo el apellido Comencini y evoco un cruce. Luigi, en 1975, reunió a Marcello Mastroianni, Jacqueline Bisset y Jean Louis Trintignant. “La Mujer del Domingo” era un filme extraño. Un singular policial cruzado por el erotismo. El segundo cruce con su apellido es injusto y tardío. Porque Cristina Comencini es una formidable directora de cine. Un subtitulado reductivo y poco feliz me contacta con ella: Veo como “Latin Lover” una película que se denomina en origen “Mi Familia Italiana”, filmada en 2015. Verifico una carrera de tres décadas. Me atasco en la cantidad de cosas que quiero decir.


Por:
Román Ganuza

Cristina también ha guionado esta historia, comprometiendo un desarrollo poblado de personajes. Su manejo narrativo para organizarlos es magistral. Ordenados por gravitación, tengo primero al gran artista de cine, Saverio Crispo (Francesco Scianna), cuya dispersa y amplia familia se reúne en Puglia para homenajearlo a diez años de su muerte. Le sigue su viuda principal y anfitriona, con quien Saverio pasó los últimos días. Italiana, es la clave familiar mediadora. Luego, algo así como una viuda segunda y española, que viaja para sumarse. Aquí ya hay otro un cruce y de lo más fecundo. Estos roles están respectivamente a cargo de Virna Lisi y Marisa Paredes. Reunión cumbre. Tras haber rivalizado, son solidarias y amigas. Juegan lo central y más sabroso del relato.

Hay cinco hijas de Saverio: la mayor es Luisa (la muy eficaz Angela Finocchiaro). Es la más “vertical”. Hija ficcional de Virna Lisi y coordinadora natural del reencuentro, no se salva del tembladeral. Le sigue Stephane, una extraordinaria construcción de Valeria Bruni Tedeschi. Es la hija del “paréntesis francés” que tuvo el ingobernable Saverio en su carrera. Carga el caprichoso estigma de esta calificación y lo pone en juego prendiéndole una mecha al encuentro. La tercera se llama Segunda (Candela Peña) en una decisión que perturba a Stephane: Militante de inexistentes seguridades, es la hija española de Ramona (Marisa Paredes). Testimonia una etapa artística y conyugal del ídolo un poco más estable, aunque contiene una explosiva sorpresa. La cuarta es la bellísima e introvertida Solveig (Phila Viitala), resultante de una aventura escandinava del padre.

Queda fuera de campo hasta el final Shelley, la hija de la “prostituta americana” (único consenso del grupo) encarnada por la cantante Nadeah Miranda. Llegará un día después del homenaje confirmando su inconfundible calidad genética. El conmovedor Pedro (Lluis Homar) se encargará de acreditarse también como miembro de la familia. La estela del gran Saverio se compone de infidelidad y ausencia. Abunda el ajuste de cuentas en la intimidad del reencuentro.

 Comencini, sabiamente, torna la trama hacia el cine mismo. Le delega el centro dramático, activando su fino imperio sobre lo real. Una exquisita ironía en el diseño de las imágenes que evocan al gran seductor, es correlativa a una profunda devoción por este arte. Allí coloca a Saverio, en la pródiga pantalla, restituyéndoles a todos -y en demasía- el tiempo robado al deber familiar. Aquella elipse de voracidad vital, restaña las heridas de su desordenado paso. El musicalizado final con Nadeah y Scianna, es de antología. El cine como una forma del amor, es lo que me grita –con un profesionalismo excelso- Cristina Comencini.

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