lunes 25 de mayo de 2020 - Edición Nº537

De Puño y Letra | 1 may 2020

Cine

El susurro de las viudas

Hace 10 años, los hermanos Piñeyro guionaron y filmaron “Las viudas de los jueves”. Supe allí que detrás de una vida confortable podría estar agazapado el Prozac. Se adivinaba en la dinámica electoral de aquel tiempo. Desfilaban millonarios por las barrosas aguas sociales argentinas. Con tremenda ubicuidad confesaban “ser como vos”. (Supuse que se dirigían a mí, aunque después no pude contactarlos para reclamar). Aquellos empresarios, moralmente mesiánicos, no pecarían porque ya tenían lo suficiente. La acumulación había operado en ellos una metamorfosis franciscana.


Por:
Román Ganuza

El filme de los Piñeyro se estacionaba a mitad de la escalada monetaria. Ahí estallaba ya la escondida humanidad de lo burgués. Molestias sentimentales, lúbricos incordios. El filme le insuflaba vigencia al tópico del acomodado vulnerable, con problemas. Si en la meca del camino -lejos de esa paz que la holgura promete- los más empinados se debatían entre aburrirse o gobernar, qué podía aguardarle a los peregrinos. Socavar la ilusión de que la felicidad puede comprarse desmentía la representación glamorosa de la plutocracia. Golpe para el imaginario: desde entonces no tuve ni los medios ni la fantasía.

 

El personaje de Echarri traicionaba mi envidia inicial. Una anacrónica devoción conyugal le impedía sostener la fiesta. El pragmatismo con que cambiaba de credo o clase social, se frenaba ante las sagradas puertas del matrimonio. Lo asaltaba un candor del origen y el personaje exhalaba finalmente cierto vaho roussoniano. En los sabrosos diálogos del filme se enfatizaba la paradoja de que la riqueza se paga. Algunos, antes de que llegue a la pantalla este beatífico y exitoso producto, habíamos averiguado en los textos que nuestra sociedad ofrece de todo menos una salida. Pero no estaba mal recordarlo con pinceladas locales.

 

El eje narrativo, Sbaraglia, se quedaba sutilmente con la parte del león. Disfrutaba las piscinas, el soleado tenis y los tragos importados. Desdoblaba esa sensualidad sumando el lujo mayor: una estética disonante. ¡Ah, la conciencia crítica! placer entre placeres. Obtenía además -a diferencia de sus vecinos- la redención familiar. Aquella huida de corte salvífico-social con que abandonaron la isla inmobiliaria, era el paso más atrevido del filme. La muchedumbre saqueando en plena crisis de 2001, parecía más amable que la población del country o el previsible encargado de seguridad. Yo por entonces, celebraba pertenecer porfiadamente a una clase media de naufragio fácil, sensible a la demora de los brotes verdes. Pero cualquier introspección confirma que una camioneta japonesa me acercaría al edén espiritual. Es el dictamen de un ADN ideológico que no escondo.

 

La primacía de lo económico -y el amor como economía- también fueron un vivo tópico del film. Resultaba transparente en el personaje de Alterio (h), el de mayor curva dramática. No podía revelarle a su mujer el desbarranque económico. Reconocer su condición de proveedor lo empujó al desenlace tras un sabroso contrapunto con Sbaraglia. El amor, así troquelado, devenía atroz. Se erigía como exigencia en la compulsa de vanidades que empaña el horizonte. En niveles sociales menores, el amor respira omitiendo las condiciones que le impuso el mercado sentimental. Impensadamente, evoco ahora a los refinados suicidas bajo este virósico cielo. La economía, iracunda deidad, aviva el susurro supérstite de aquellas viudas: Morir sería más productivo que enfermarse.

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