lunes 25 de mayo de 2020 - Edición Nº537

De Puño y Letra | 10 abr 2020

Cine

El expandido corazón de Italia

Repasando la trilogía de “El Padrino”, me asalta una fuerte reminiscencia visual de figuras italianas. Por ejemplo, el mísero propietario de los departamentos de alquiler que da marcha atrás en su decisión de desalojar a la viuda. Imborrable cuando trata de abandonar torpemente las oficinas de un joven y risueño Vito Corleone (Robert De Niro). Se trata de Leopoldo Trieste, el maculado esposo en “El Jeque Blanco” (1952) de Fellini, el burlado dramaturgo soñador de “Los inútiles” (1953) del mismo director, y otros dos personajes romantizados hasta el ridículo en “Divorcio a la italiana” (1961) y “Seducida y abandonada”, ambas de Pietro Germi. También fue actor de Bellocchio, Bava, Annaud y Tornatore (dos veces).


Por:
Román Ganuza

En el voluntario exilio de Michael Corleone (Al Pacino) en Sicilia, reconozco al gran Saro Urzi. Es el padre cerril de la bella y redondeada Apolonia. Desafiado por un mafioso determinado y flamante, Urzi se acomoda los tiradores y accede a una visita ritualmente legitimada para que conozca a su hija. De naturaleza más severa, en Urzi evoco al buen amigo de Pietro Germi en “El hombre de paja” de 1958, o su participación en la saga “Don Camilo” junto a Gino Cervi.

 

Uno de los custodios de Michael en la dulce Casona siciliana -el que no lo traiciona- es nada menos que Franco Citti, emblemática criatura de Pier Paolo Pasolini. Iniciado en la cruzada experimental del escritor y director, es dos veces proxeneta en “Accatone” (1961) y “Mamma Roma” (1962). Protagónicamente, se consagra en el “Edipo Rey” de 1967. Su lealtad, dentro y fuera de la ficción, lo acreditó para sumarse a la tercera parte. Allí se inmola asesinando al siniestro Luchessi, a quien le incrusta sus propios lentes en la garganta.

 

En el flashback del segundo capítulo, tengo al oscuro y teatral Fanucci sojuzgando a sus paisanos italianos en el barrio neoyorquino de principios de siglo. Es Gastone Moschin. Con menos destellos cinematográficos –aunque trabajó para Bertolucci, Lizzani y Monicelli- el suyo es un personaje de alta factura. Quién no lo recuerda, con ese saludo a la vez demagógico y despectivo, la palma de la mano hacia adentro y el ambo blanco con capa. Pero el actor italiano de mayor volumen que integra la saga es el legendario Raf Vallone.

 

Oriundo de Calabria, su trayectoria en el cine es demasiado amplia y célebre para enumerarla aquí. Aparece en la parte final del drama encarnando al cardenal Lamberto. En la ficción, será elegido Papa a la muerte de Paulo VI. Es una máscara explícita de Albino Luciani (Juan Pablo I) el pontífice de los 33 días, cuyo último acto fue ingerir una taza de té malamente reputada. Vallone construye con maestría la nobleza del hombre capaz de inducir la tardía confesión de Michael Corleone. Una memorable escena.

 

La ópera, el aceite de oliva, las pastas, el culto al matrimonio indisoluble y las dominantes presencias italianas -nativas o hereditarias- me recuerdan la indiscutible nacionalidad de la trilogía. Cualquiera advierte que la peor mafia relatada por la serie es la que se verifica fuera de la “familia”. Los Corleone son una valla, una cercada sociedad dentro de otra mucho más temible. Una ancestral añoranza de Francis Ford Coppola.

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