lunes 25 de mayo de 2020 - Edición Nº537

De Puño y Letra | 3 abr 2020

Cine

El que mira y su madeja

Jenniffer Connelly goza de una subrepticia eternidad. Cada diez años la cruzo en alguna película y siempre está igual que en “Phenomena”, filmada por Darío Argento en 1982. Allá fue compañera de Donald Pleasence, quien falleció hace ya un cuarto de siglo. 30 años no es nada, diría un Gardel adecuado. Una especialidad de Connelly en la ficción es ser esposa. Se bancó a “Hulk” en la película de Ang Lee cuando ningún libelo de género objetaba aquellas verdes y masculinas erupciones. Ahora ese color ha virado. En “Creación” (2009) -ubicable en Netflix- hace la abnegada y creyente compañera de Charles Darwin. Eligió uno difícil para la misa.


Por:
Román Ganuza

El naturalista está a cargo de Paul Bettany, sí, el ficcional jugador de tennis que gana Wimbledon por mediación de Kirsten Dunst. La rubia, hábil también en el polvo de ladrillo, compartía el dormitorio de Paul para elevarle la performance. Receta que promovió caudalosas empatías aunque resultara notorio que Bettany no había empuñado nunca una raqueta. Su antípoda sería Jonhantan Rhys Meyers. Justamente, su desdeñosa mirada irlandesa anuncia darwinianas aptitudes en “Match Point” (2005) mucho antes de que acribille a la Johansson.

Pero volviendo a Paul, también fue el fanático que se flagelaba en “El Código da Vinci” (2006). Porta un gesto trágico, es cierto. Este Darwin traumatizado le sienta. La película lo exhibe cargado de culpa. Las intuiciones sobre la selección natural lo indisponen en su propia casa. Connelly recela de la teoría que entroniza a protagonistas menores. Reptiles, medusas y sórdidos pajarracos reclaman un lugar en ese teatro general que había vislumbrado ya el intrépido Von Humboldt. Ella teme perder el favor celestial. El evolucionismo agravia el candor de la Creación. Atribulado por entonces, don Charles ni sospecha la futura profanación de su pensamiento a manos de nazis o neoliberales feroces.

Pero tiene amigos tan ingleses como su insaciable curiosidad y determinación. Al frente de la Sociedad Científica desfila Toby Jones, infaltable, acentuando en la pantalla al agresivo positivista que se euforiza más por la incomodidad religiosa que por el hallazgo. El segundo puntal es su amigo el editorialista Hook, interpretado por Benedict Cumberbatch. Con ese rostro exageradamente inglés cuyos pómulos parecen asaltarle los ojos, el actor acoraza sus desempeños. Es ya un ecuménico Sherlock Holmes que salpica incluso al orbe de no lectores. Ambos presionan al investigador para que publique su “Sobre el Origen de las especies”.

Me aproximo así a 1859. Treinta años antes, lo tengo navegando los mares del mundo junto al legendario Robert Fitzroy. El periplo incumbe a nuestras latitudes y la película no desaprovecha la invitación del capitán a los nativos yámanas para que conozcan Londres. Desde que leí “La Tierra del Fuego” de Silvia Yparraguirre, soñé con ver escenificado el momento en que los cautivos intercambian regalos -y presuntamente simpatías- con la reina Adelaida. Me dí el gusto. También los tuve almorzando en el interior del HMS Beagle mientras asimilaban aquel compulsivo tour. Fue como si el director del filme, Jon Amiel, me hubiera conocido de antemano. Ignoro si estas notas guardan alguna relación con la teoría o el drama de Darwin. Pero masticarlas en cuarentena resulta menos arduo que resolver la cuestión del origen.

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