viernes 29 de mayo de 2020 - Edición Nº541

De Puño y Letra | 20 mar 2020

Cine

Holly en la pandemia

La grilla me propone “Desayuno en Tiffanys” de 1961. No puedo resistirla, la veré por enésima vez. Me sigue cautivando. Me cruza alguna emoción cuando transcurren los créditos.


Por:
Román Ganuza

Sé que Audrey estará allí, mordiendo una medialuna frente a la vidriera de la joyería. Ingrávida, radiante, revivida. Dominando la perturbadora duplicidad de ese personaje que enriquece su encanto. El papel era para Marilyn, o al menos eso quería Truman Capote. Porque Marilyn “era” Holly Golightly. Pero la Hepburn se comió al mundo, inventó al personaje. Hago correr ahora la película para detenerla. Para fijar el eterno fotograma del amplio sombrero y la boquilla. Retengo otros no tan afamados pero igualmente deliciosos.

Blake Edwards tuvo a la mejor Audrey. Trato de ubicar otro perfil suyo. Evoco cierta imagen parisina. Pertenece al segmento de “Sabrina” en que ella viaja a Francia para especializarse en alta cocina. Roma, en cambio, la presenta únicamente desde la candidez. Una princesa que se escapa con paso infantil. Notable fábula en aquella película de William Wyler donde me quedó debiendo un matiz. Parecía la hija de un Gregory Peck demasiado correcto. Fred Zinneman la hizo monja. El guion le exigió un paso misional por el África, donde un médico le promueve leves destellos del deseo en clave sentimental.

A su vez, la formidable cenicienta de “My Fair Lady” navegaba su péndulo de fantasía sin traicionar nunca lo romántico. Claramente, esta ensombrecida Audrey que desayuna contemplando diamantes, con ese erotismo calculado y egoísta, es la más interesante. El mafioso que la protege la define como una “farsante auténtica”. Holly se afinca en su impostura. Lo simboliza en ese increíble gato barcino que Edwards sumó a las escenas. Lo llama sin nombre. Lo protege y lo consiente, pero también se prueba en ese animalito la crueldad que necesita o anhela tener. Intenta infligirle su propia suerte desamparada.

Cuando el personaje de George Peppard la conoce en el departamento, ella le explica que su ritual en la joyería es una conjura contra la realidad. “Siento que en Tiffanys nada malo puede pasarme”, repite. La novela de Capote sugiere que frivolidad es una palabra altamente ambigua. El escapismo de Holly está pleno de hondura, es un exiguo caparazón. El le pregunta si escapa así de la tristeza. Pero no, Holly le menciona puntualmente al miedo. Un miedo informulado, abstracto. Quizá el pánico, nuestra justificada enfermedad actual. Miedo a vivir, a querer, a ser querido, a fracasar, a ser pobre, a envejecer, a ser abandonado. Miedo. La parábola de Holly me encadena y me refleja. Porque Audrey, la película, y el cine, son mi propio Tiffanys.

Durante casi dos horas no habrá nuevos muertos ni infectados. Habrá, sí, un vestuario soberbio, una cámara ávida de rostros, contrapicados que la enfocan a Holly bajo un cielo de torres sordas y vidriadas. Unos taxímetros neoyorquinos de intrépido amarillo. Una entrada suya por la ventana al dormitorio de Peppard vistiendo camisón blanco. Un gato increíble. Una ciudad de avivadas calles prolijas. Unas variaciones de “Moon River” que incluyen a la propia Audrey en la guitarra. Siento que nada malo puede pasarme viendo esta película. La entiendo a Holly y entiendo porqué mantengo vivos mis propios rituales

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