viernes 03 de abril de 2020 - Edición Nº485

De Puño y Letra | 6 mar 2020

Cine

Un americano en Hong Kong

Tras la Segunda Guerra Mundial, Hollywood explora posibilidades en oriente. Agotada la vertiente bélica 10 años después de Hiroshima, su avanzada cultural aterriza en aquellas latitudes con trazo romántico.


Por:
Román Ganuza

Admitiendo variantes incisivas como “La casa de té de la Luna de Agosto” (1956) de Daniel Mann -que ironiza la superioridad “cívica” occidental- las incursiones destilan cierto paternalismo culposo. Americanos empiezan a descubrir los encantos de mujeres orientales. Para la cuestión de género subyace una frontera: Es raro encontrar en esta etapa una relación inversa, o sea, mujeres americanas prendadas de hombres del este. Alivio para el pulso sexista: se preservan las “nuestras” pero se pueden conquistar las “ajenas”.

El buen filme de Joshua Logan “Sayonara” (1957) abunda el tópico. Dos oficiales de la ocupación se enamoran de bellezas niponas. Pero uno de ellos es Marlon Brando, americano de corte crítico y excéntrico. Por su propia vida personal desfilaron esposas nacidas en Dajeerling o Tahití. La completa entrega, en este erotismo casi turístico, le corresponde a William Holden. Emblema norteamericano sin fisuras, por dos veces protagoniza vinculaciones amorosas de exótica textura. Y curiosamente, en ambas oportunidades, la colonial Hong Kong es la locación elegida. En 1955 y en 1960.

En esta última oportunidad, el legendario actor filma a las ordenes de Richard Quine la maravillosa “El mundo de Suzie Wong”. Se trata de una auténtica perla del cine. Robert Lomax es un pintor norteamericano que abandona la seguridad económica y se establece en Hong Kong para inspirarse artísticamente. Suzie, encarnada por la deliciosa Nancy Kwan, es una prostituta que, naturalmente, tras una serie de enredos obtendrá el definitivo amor de Holden. Pese a lo previsible, el filme recorre y colorea situaciones o modalidades interesantes. Suzie es china, inmigrante, y se prostituye para escapar de la pobreza. Pero el servicio que ofrece es el de “novia”. Algo así como una servil exclusividad.

Desde luego, la situación desestabiliza a Lomax quien transita la trillada tensión entre el prejuicio y el deseo. Claro que en manos de Holden el tópico reencuentra su mejor brillo. El paisaje portuario, los mercados y especialmente el vestuario de Nancy Kwan convierten a la película en una gratísima excursión visual. Cinco años antes, en 1955, Henry King ya lo había dirigido a Holden en “La colina del adiós”, que también se conoció como “Angustia de un querer”. En este caso su compañera es un verdadero icono romántico, Jennifer Jones, quien encarna a la Doctora Han, atractiva euroasiática procedente de China. Mark Elliot es el corresponsal de guerra americano que logrará su amor en una trama de seducción fascinante por la inteligencia de los diálogos y la sensualidad de los entornos. Cenas flotantes, playas a la luz de la luna y un baile memorable con vista marina.

Sonoramente exquisita, la película es también elegante y sabia. Enquistada su trama entre la revolución china de 1949 y la guerra de Corea que comienza en 1950, tiene un final que la consolida en estilo. En ambas actuaciones la impronta de William Holden -aun computando el etnocentrismo implícito de sus dos personajes- jerarquiza las historias en juego. Esa colonización de Hong Kong por parte del gran actor, fue acaso la más feliz de todas.

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