miércoles 27 de mayo de 2020 - Edición Nº539

De Puño y Letra | 28 feb 2020

Teatro

Una voz relegada

Escritora, actriz, guionista, Cristina Escofet define su feminismo como un estado de lucha por la inclusión. En esa dirección se inscribe su pieza teatral “Yo, Encarnación Ezcurra”.  Dirigida por Andrés Bazzalo y protagonizada por Lorena Vega, se exhibe los jueves en el encantador Teatro del Picadero.


Por:
Román Ganuza

La empresa de encarnar a “Encarnación” implica la emergencia de una voz cuya postergación denota más que un desbalance sexista. Ese silenciamiento tenaz, abona el trazo binario del pasado nacional: concentrar males a un lado, eximiendo sibilinamente al otro. En esta vertiente del texto se llega al esmero -atendible aunque digno de debate- por despegar a Ezcurra de las abominables tareas de Vicente González, el “carancho del monte”. También se repasa plausiblemente la carga del estigma impuesto después de Caseros.

La obra edifica su tiempo político en el reconocimiento de horribles prácticas naturalizadas. Perfora el otro silencio, altamente funcional, el de la barbarie legitimada. La autora y su Encarnación conjetural enfrentan esta “pesada herencia” cultural portando una estrategia semántica. Se recupera la expresión “monárquicos” para referirse a los que hemos conocido como “cismáticos” en la deglución escolarizada de la diáspora federal. Esto le clava resonancias al presente. Quien sepa oír, que oiga. Permeable a la filosa envergadura del personaje, Escofet no lo agota en aquel registro. El texto ofrece y abre fundamentalmente a la amante, obturada desde lo político. La convergencia en el proyecto la acerca a Rosas, la funde con él para la posteridad, pero la aleja en la alcoba.

Obligada a crecer desde sí misma, desafiada socialmente, Encarnación se afirma en el control de aquellas dinámicas que también la harán padecer: El campamento militar, la campaña del desierto, las intrigas para derrocar a Viamonte. En esta versión, la mujer derrama su nostalgia física de Juan Manuel. La construcción dramática desarrolla resueltamente este plano sexual. Celos, frustraciones, sospechas y ensoñación. El acento procura -y lo consigue- que la dirigente política, “el cerebro” de Rosas, la gran artífice de la “Revolución de los Restauradores”, aparezca erguida desde su completa condición de género. La “Federala” habla también desde las venas. Segundo guiño de Escofet, que actualiza una certeza vanamente resistida: la mayor riqueza del universo femenino. Esa recóndita presencia de la sensibilidad que afina a la inteligencia.

La esposa del Restaurador lee mejor la lógica del poder, ve más lejos que él. Inventariados ya los méritos del texto, hablar de “Yo Encarnación Ezcurra” sin referirse a Lorena Vega es como mentir. Porque la letra de la obra se ha propuesto ensayar una condensación de los tiempos. Escénicamente, la protagonista ocupa el interior de su recámara, entre los años 1831 y 1843. Pero Escofet la enuncia también en el proscenio. Encarnación es un fantasma que confiesa al público su entidad intemporal. Tanto el diálogo coloquial, la retórica declarativa o la evocación poética, exigen la administración de finas transiciones. Acertadamente, la dirección de Andrés Bazzalo suma para ello una gramática del cuerpo, un lenguaje organizado mediante posturas. La precisión de Vega es admirable. Un monólogo difícil, tornadizo y coral encuentra a su ejecutante perfecta. Exhumada y vibrante, aquella voz distinguible en cada refracción del significante “Rosas”, recibe hoy una audición inteligente y se prueba la piel del talento.

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