viernes 03 de abril de 2020 - Edición Nº485

De Puño y Letra | 21 feb 2020

Cine

Volviendo del Oscar

La fila es inusual. Rápido efecto de la oscarización. Todos quieren verla. Algunos saben que el filme es coreano (del sur) y ninguno se anima a pronunciar Bong Joon Ho, pese a lo bien que luce saber el nombre del director. Vengo a pesar de mi mismo, apuñalado por el trailer: Un borracho orina la ventana del subsuelo donde vive la familia protagónica.


Por:
Román Ganuza

Un inodoro expuesto se integra al hábitat del grupo. La película promete dos horas bajo esta estética. No debo rehusarme. La veo. Acepto que el cineasta coreano tiene más para ofrecer que esta facilidad para incomodarme. El guion es muy eficaz. “Parasite” no es únicamente un reflejo social. Es una historia para contar. Su desarrollo acumula dramatismo en forma genuina. Lo social, tanto en la fragilidad de las convergencias como en la ferocidad de las disputas, es fuerte pero no necesariamente central.

 Su elipse narrativa abraza la comedia, el drama, el suspenso, el terror y la tragedia. Con alguna arbitrariedad y torsiones bien ajustadas, lo que despliega puede resultar inherente. No quiero afirmar que bastaría con ello porque prefiero polemizar. En el viejo y querido neorrealismo italiano destellaba, tímida, la esperanza. Informada desde la tradición cristiana, la utopía política era el velado cumplimiento de la Teodicea. De eso no queda nada. La suerte de Gi y los suyos es una parábola darwiniana. Están capacitados, son hábiles, manejan técnicas u oficios. Sin embargo han sido alcanzados por el descarte que la globalización planifica y ejecuta para presentar luego como daño colateral. La ausencia absoluta de pertenencias, espontáneas o institucionales, libera una inorgánica lucha por sobrevivir.

El movimiento vertical de Gi es pura estrategia. Los ricos delegan capacidades y  devienen esclavos operativos de sus esclavos (“El sirviente”, 1963, de Joseph Losey) Los sometidos adquieren habilidades miméticas. Tienen mejor escuela: la necesidad. Y la barrera de clase es insoluble. Bong Joon Ho no regala ilusiones. Hasta el olor divide irrevocablemente a los personajes. Aun habiendo ascendido, los parasitadores son solo eso. La humillación que inflige el dominador es quizá mayor que la precedente: comen mejor pero atienden ridículos caprichos. El movimiento lateral es de tipo salvaje. Gi y su familia necesitan al señor Park y a su riqueza pero no a los naturales competidores. Al primero se lo debe aprovechar, a los segundos hay que sacarlos del medio.

En este punto le reconozco al filme una violencia de mayor sustancia que otras tan veneradas. Pero tanto en la violencia como en el énfasis de lo desangelado, el director va  a fondo. Objetar a “Parasite” tiene sus dificultades y admito que la película devuelve la interpelación cuando la grey adepta a los premios se levanta rápidamente sin aplaudir. Yo también voy en busca de la casa que todavía tengo para consumir lo que todavía puedo comprar. Ho me pone en el caso de pretender cierta ajenidad de lo percibido (sucede en Seúl). No sé si me gustó “Parasite”, dicho en el sentido de reclamarle al cine esa cuota placentera que no tuve. Hablando de las deliciosas películas de su padre, Liza Minnelli dijo hace ya mucho tiempo: “la gente ahora disfruta viendo una realidad peor que la suya”. El debate sigue abierto 

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