lunes 06 de abril de 2020 - Edición Nº488

De Puño y Letra | 14 feb 2020

Cine

Lo que el cine se llevó

En 1911, Thomas Lanier Williams nace en Mississippi. Crece y estudia en Missouri y se establece luego en Louisiana. Tendrá su casa de descanso en la Florida (Cayo Hueso). Sin embargo no estuvo mal que lo apodaran “Tennessee”, porque ese estado -casi el único de los confederados que no habitó- es el corazón geográfico de la vencida coalición sureña.


Por:
Román Ganuza

Cine y literatura han romantizado el triunfo y la derrota de aquel enfrentamiento. Loas a un pretendido “fin de la esclavitud” o añoranzas de una aristocracia fundada en la producción primaria. Sobre esta decadencia de una forma de vida, la jugosa producción de Tennessee Williams ha conseguido alumbrar tópicos punzantes. Obras teatrales con alas de cine, tuvieron con la pantalla grande un vínculo dichoso: Elia Kazan, John Huston, Sidney Lumet, o Daniel Mann. No es difícil evocar “La noche de la iguana” (1964), “Piel de Serpiente” (1959), “Baby Doll” (1956), “La rosa tatuada” (1955) y “El zoo de cristal” (1950).

En alguna medida, le debemos la proyección de figuras como Marlon Brando, Vivien Leigh, Paul Newman y Anna Magnani, nada menos. Su obra acaso más difundida, “Un tranvía llamado deseo”, exhibe a dos clases sociales norteamericanas cruzando respectivamente la aparición y el ocaso. Pero en “La gata sobre el tejado de zinc caliente” de 1958, se puede encontrar la cuestión bajo una especial transparencia. Autorreferencial, es la historia de un patriarca sureño, dueño de amplias plantaciones, que confronta con su hijo (Brick) deportista retirado, insatisfecho y afectivamente querellante. Su otro hijo y la esposa aguardan el final del viejo para medrar.

En ese conflicto se cuela la persistencia agónica de acendradas prácticas sociales. Aun deformando al original, las manos de Richard Brooks hicieron algo brillante con ese texto. La censura no permitía mostrar que el matrimonio de Brick se frustra por su homosexualidad (lo cual solo pudo llevarse a escena en los 70). Brooks convierte ese casamiento en un acuerdo para complacer al muy machista “Daddy” (brillante Burl Ives). En la desproporcionada evocación de un amigo suicidado -origen del alcoholismo en Brick- flota ladinamente aquella posibilidad. Pero Brooks impone una tensión erótica -tópico caro al dramaturgo- que eleva a la película.

La gravitación del deseo femenino aparece positiva y expuesta. “Maggie” quiere consumar carnalmente su contrato y lo dice. Alega que su reticente esposo la atrae fuertemente. Tratándose de unos lozanos Elizabeth Taylor y Paul Newman, el director explota aquí el voltaje inherente. Liz, de frente a la cámara, se cambia las medias inclinando el torso. Paul, mojado por la lluvia, se quita la bata. La empatía del espectador -de cualquier orientación sexual- se pone turbulenta. Brooks acentúa a Tennessee Williams sin traicionarlo. La holgada casona, la lucha por la herencia, la hipocresía, las insoportables adulaciones a “abuelito” para inclinar su testamento, el orgullo que demora los reencuentros.

Todo transita sin macula narrativa. Un entorno de cálida molicie, los encajes blancos de Liz y Paul Newman que se sirve otro whisky sin dejar de mirarla. Todo orbita al servicio de lo sensual. La aspereza costumbrista incuba resoluciones familiares ardientes. Envolvente, distorsivo, el poderío industrial de Hollywood se apropia de otro discurso confirmando la indeclinable autonomía del cine. El resultado es este magnífico producto.

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