lunes 06 de abril de 2020 - Edición Nº488

De Puño y Letra | 6 feb 2020

Cine

 Solo se vive en la imagen

Un fotógrafo dijo de Marilyn Monroe: “…creo que era capaz de verse a sí misma a través del objetivo de la cámara. Para ella, posar era una experiencia más intensa, mas sexual, que cualquier contacto humano…”.


Por:
Román Ganuza

Encuentro esta verdadera cifra del personaje hacia la mitad de unas 800 páginas. Ignoro si es documental o se debe a la penetrante lucidez de Joyce Carol Oates, autora de “Blonde”. En cualquier caso, el texto ha sabido teñirse de su objeto. Es una pesquisa psicológica ardorosa. Una película para leer. Porque la imagen -el valor de la imagen- fue para la protagonista obsesión, esperanza y terror. Una fuga donde encontrarse y también perderse.

En la lectura simultánea y escondida, el texto sedimenta a la épica hollywoodense bajo un constante trazo oscuro. La elipse que une el hospicio con la presidencia de los EEUU, coagula lateralmente. Deviene necesaria pero accesoria. “Blonde” de ningún modo es una “biografía”. Allí, lo que está ocurriendo es otra cosa. Por eso su doble contextura: lineal y progresiva en lo que sería su montaje, y autónoma en el desarrollo de cada tópico. Una novela que avanza mediante retrocesos.

Oates ha puesto cuidado en que su relato no se deje ver como una “progresión”. Lo cronológico se encuentra al servicio de una arqueología del personaje. Que por ser tal, la trasciende. Para delicia del lector este libro se puede contar porque no ha recurrido al desorden forzado. En cada etapa de aquella vida fulgurante y malograda, la autora hunde agresivamente su inteligencia. Rasga el eco de una sostenida dialéctica entre lo pendiente  y lo soñado, entre el dolor y su analgesia. Esa pericia le devuelve siempre lo sórdido o lo demencial.

Narradora fundida en la protagonista, el texto de Oates marcha sobriamente dominado por la visión femenina. Resuena en el tratamiento profano del orbe sexual. El sexo es algo con lo que hay que hacer algo. Posibilidad y carga, arma y herramienta. La Monroe vive el suyo en plena adecuación a una iconografía. La humanidad prohijada por la ubre tecnológica y masiva, ingresa voluntariamente en un mecanismo que puede triturar. El “éxito” es ese estadio que retroalimenta y perpetúa la dentadura del imperio visual. Marilyn fue solo su ápice. Necesitaba que la vieran: ¿Es raro? Se construía en el espejo: ¿Es extraño? El libro controla esta incipiente amplitud porque su caso es fuertemente atractivo.

La vida de la Monroe es el mejor guión de la historia. Pero escribirla bien reclama escrutar el “pathos” del propio reflejo. Es una empresa intelectual que simula tributar al cine: “…es el mismísimo universo sobre el cual se proyectan innumerables e indescriptibles formas de vida…/…Porque la vida no tiene ningún sentido fuera de la historia cinematográfica. Y no hay historia cinematográfica fuera del oscuro cine…”. El libro trasunta esta constante correlación. La lucha por transferirse a su propia imagen es tan desesperada en Marilyn que problematiza su rango de actriz. (“La mejor después de Brando” según el mismísimo Lee Strasberg). Su talento vivió de aquella dramática necesidad, así como el de Joyce Carol Oates vive de una intuición poderosa y voraz. Libro, película y vida, leer “Blonde” tiene algo similar a despertarse en un lugar nuevo.

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