lunes 06 de abril de 2020 - Edición Nº488

De Puño y Letra | 31 ene 2020

Cine

Milagroso fruto de Hiroshima

¿Quién es Nobuhiro Suwa? Cargo el pecado de desconocer su obra. Me estrello, fascinado, contra su increíble “Le lion est mort ce soir” (El león duerme esta noche) de 2014. Japonés amarrado a Francia, el cine en su vida es un puente sutil.


Por:
Román Ganuza

Nabuhiro nació nada menos que en Hiroshima. Y parafraseando a Alain Resnais, lo único que “hemos visto” de aquella enormidad lo tuvimos en su “Hiroshima mon amour” de 1959. Un año después, nace y crece Nobuhiro entre las esquirlas de lo inhumano. Pero Japón, imperio del sol, tiene también al kabuki, al budismo y a Ozu. Tiene a la poética latiendo en la prosa. El problema de la realidad no apremia tanto a sus artistas, o en todo caso la realidad, por integral y circular, no es vivida necesariamente como “problema”.

Esa visión es la que, cruzada con marcas de estilo que abrevan declaradamente en el cine francés, le permiten al director nipón dibujar distintos prodigios. El primero, cantarle a la vida con las imágenes desde ese origen geográfico e histórico. El segundo, más específico, es convertir al cine en juego sin perder hondura ni seriedad. La estructura de “El león duerme esta noche” es sencillamente genial.

Nobuhiro elige a un veterano Jean Pierre Leaud para el protagónico y lo hace en la convicción de que el legendario pupilo de Truffaut sintetiza la frontera entre lo real e irreal, la lleva consigo. Su personaje, espléndidamente extendido con un ensamble de enajenación y ternura, es un viejo actor que va en busca de un recuerdo sentimental. Una casona abandonada en el bello sur de Francia, donde vivió un gran amor, Juliette, muerta hace ya  40 años. Cansinamente, Jean (que es casi Leaud mismo), se tiende en la casona para reencontrarse con el fantasma de Juliette. Un grupo de niños que quieren filmar intrusan también la casa. El contrapunto entre Leaud y los niños cuenta entre lo mejor que he visto en la pantalla.

Nobuhiro tiene como técnica de puesta en escena la determinación de la situación combinada con una improvisación dentro de ella. El resultado es delicioso. Su gramática visual también es lúdica: Colorista de la emoción, diseña un delicado gobierno cromático bipolar (azules y rojos). Otros recursos suyos son: ajustados abandonos del enfoque subjetivo o salidas del encuadre sosteniendo la voz; perspectivas naturalmente recortadas que enfatizan detalles (la corona de un ramo de gladiolos asomando tras un cerco de ligustro; la copa de un árbol emergiendo sobre el lomo de una calle rampante).

Pero Suwa trasciende lo ingenioso: Los niños haciendo su experiencia cinematográfica y Jean involucrado en semejante aventura infantil, trazan una auténtica poética de la vida, la muerte y la mirada. Ladinamente, Nobuhiro le tributa al cine sin evocación ni ensayo. Lo hace ontológicamente: lo erige como expansión de la conciencia, como ese hogar final del mundo. Vincula los extremos de la vida de Jean, actor y amante. Enlaza la nostalgia de Juliette con el candor pujante de los niños. Ese círculo se va a cerrar -como dice Borges- y los fantasmas deben ser recibidos para perdonar y entender. La vida puede nutrirse amablemente de la muerte. Es lo que sugiere Suwa, ese milagroso fruto de Hiroshima.

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