jueves 02 de abril de 2020 - Edición Nº484

De Puño y Letra | 15 ene 2020

Cine

La extinción de los héroes

¿Tan versátil ha sido Clint Eastwood? Sí, y es parte de su talento. Nadie en el orbe cinéfilo omitiría “Los puentes de Madison” (1995), “Rio Místico” (2003) o “Million Dollar Baby” (2004). Se tributa menos a sus dos primeras y maravillosas criaturas: “Obsesión mortal” (1971) e “Interludio de amor” (1973). Típica cruz de las carreras prolíficas.


Por:
Román Ganuza

El 2019 estampó sobre las pantallas dos claras obras de cierre: si bien Almodóvar en “Dolor y Gloria” o Scorsese con “El Irlandés” no han consumado su despedida artística, filmaron ambas películas desde ese punto que enfoca e ilumina sus propias retrospectivas. No corresponde decir lo mismo de “El caso de Richard Jewell” (en cartelera). Sin embargo, creo confirmar allí un radio de giro que confiesa el posible ideario detrás de una filmografía.

Se ha escrito mucho sobre supuestas ambivalencias o desplazamientos de Clint. Conservador explícito en los comienzos, sus películas fueron desgranando tópicos que si no consentían la conversión, signaban al menos el “ablandamiento” de aferradas posturas públicas. Pero él sigue añorando una sociedad digna de héroes. Y esos héroes deben o pueden serlo en tanto su talle y su saga consoliden determinado imaginario social. En esto el viejo Clint no ha cambiado. Es tan emotivamente americano como artísticamente clásico. Si algún corazón progresista se entibió viendo “Gran Torino” (2008), puede que haya visto allí más de lo que había.  Se le debería reconocer que no se ha permitido intromisiones ensayísticas. No ha manoseado historias al servicio de postulados. Ese problema se lo ha dejado al público y a los críticos: “Todo lo que se dice de mis películas es cierto”, sostuvo alguna vez desde esa seguridad que solo puede ofrecer una auténtica fe en la realización propia.

Semejante fidelidad al rigor narrativo asociada a la austeridad, lo emparenta con aquella reciedumbre distante de John Ford. El personaje reivindicado en esta película, Richard Jewell, es peculiarmente candoroso. Su sentido del deber es anacrónico, orgánico y esencial. Enuncia una pertenencia agotada. Se lo podría ubicar en la antípoda del cinismo que tiñe a los investigadores del cine noir. Aquellos personajes nacidos para la anatomía de Humphrey Bogart en el escritorio de un Chandler o un Hammett. Edípico y obcecado, Jewell trabaja misionalmente. Su celo laboral alcanza la impertinencia. Este hombre cree en aquello que Clint Eastwood añora. Es sospechado por salvar muchas vidas. Su perfil resulta funcional a la construcción mediática y expeditiva de un culpable. La convergencia es feroz: el FBI aparenta resolver un caso con la misma celeridad con que un periódico obtiene una primicia redituable. El único costo (políticamente bajo) es la destrucción moral de Jewell y de su madre (unos impactantes Paul Walter Hauser y Kathy Bates).

Ya en “Sully, hazaña en el Hudson” (2018), Eastwood renegaba de las burocracias que mastican héroes. Tal vez esté gritando que estas sociedades prescindentes y maleables no se los merecen. No consigo saldar el presunto pendular ideológico de Clint, pero una constante brilla en la perspectiva: su eficacia para narrar. Ese desprejuicio que le permite someter a lo formal y ponerlo a servir. Sin veleidades estilísticas, construye esos senderos que el espectador no quiere abandonar. Difícilmente se pueda decir algo mejor de un cineasta.

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