martes 10 de diciembre de 2019 - Edición Nº370

Información General | 25 nov 2019

Pueblos abandonados

Las maniobras europeas para combatir el despoblamiento

Ofrecer incentivos a emprendedores, realizar festivales y hasta pagar para que la gente se mude, son algunas de las opciones que los gobiernos de pequeños lugares cuyo destino de extinción parece inexorable, utilizan para no desaparecer


Sorprende por estas horas la noticia que marca que Cecilia Solari, una artesana argentina de 46 años, acaba de comprar su casa por un euro en Mussomeli, un poblado de 10 mil habitantes en Caltanissetta, Sicilia.

Lo cierto es que si bien esta vez la crónica involucra a alguien oriundo de estos lares, la práctica que la beneficia es habitual en tierras europeas, en donde los poblados que pierden a sus habitantes recurren a este tipo de maniobras para sumarlos y hasta en algunos casos, han promovido la llegada de nuevos vecinos con incentivos económicos para que se instalen, aunque la experiencia demostró en la mayoría de los casos que cuando el incentivo terminaba, los que lo recibían emigraban.

En España, por ejemplo, son tantos los lugares que buscan combatir el despoblamiento que se creó la web “Yo Repueblo” (www.yorepueblo.es) en donde quien a ella  acceda se puede informar de los poblados que buscan atraer nuevos habitantes. En el portal se puede filtrar la búsqueda por preferencia geográfica, lugares con incentivos para emprendimientos, acceso al trabajo y la vivienda, posibilidades educativas y de salud o conectividad.

Pero quizás la mejor movida de repoblamiento la haya realizado hace 25 años un pueblito situado en la punta occidental de la Riviera italiana, a la orillas del Mar Mediterráneo, llamado Valloria.

Corría 1991 y Angelo Balestra, un publicista afincado en Milán, se cansó de ver cada vez que volvía a Valloria a visitar a sus padres, cómo en el pueblo que había crecido sus habitantes habían emigrado, hasta que la cantidad de jóvenes se volvió nula, quedando solamente 30 personas mayores como población estable.

Junto a  algunos amigos y ex compañeros de escuela, formó la asociación Las tres fuentes, con la misión de reunir fondos para reparar casas y edificios y construir un pequeño museo. Para ello organizaron un festival  bajo la consigna “Juerga en Valloria” y en julio de 1992 organizaron una gran fiesta en la que debieron acudir al carnicero del poblado vecino para poder cubrir la demanda de comida de quienes asistieron.

Motivados por este triunfo, decidieron convertir al pueblo en una muestra de arte permanente. Las intervenciones de los artistas en los paredones, como ya se había hecho en otros lados era una de las posibilidades, pero Valloria debía ser diferente y por este motivo invitaron a 18 artistas, muchos de ellos ex habitantes del lugar, a que dejaran plasmada su obra en las puertas de las casas, junto a pintores de Milán y Turín.

Así, en primer fin de semana de julio de 1994, tuvo lugar el evento en el que las puertas tendían una fachada renovada que terminaron con imágenes como las de La Virgen y el Niño, de Marcello Bonomi, la del turinés Fabrizio Riccardi que muestra a una monja escandalizada al ver desde su ventana a dos lagartijas copulando.

Tal fue el revuelo que armó este festival, que al año siguiente se saturó de solicitudes para poder intervenir y con el paso del tiempo la cantidad de entradas a las que se podía pintar se fue reduciendo hasta tener que elegir apenas 6 o 7 por fecha.

Allí, la presencia argenta llegó en 2005 de la mano de la artista germana Eva Raabe Lindenblatt, que decidió plasmar  como motivo de su intervención a una pareja de bailarines en su obra “Tango Argentino” en una puerta rodeada de grandes piedras amarronadas.

Lo cierto es que a pesar de la movida y de volver a poner en el mapa al poblado, Valloria no cambió sustancialmente su cantidad de habitantes permanentes, que hoy están cerca del medio centenar. Lo que sí cambió es que a partir de la idea de Balestra y sus amigos, muchos ex residentes compraron y restauraron casas de verano para alquilárselas  a turistas, que a su vez, enamorados por el lugar compraron casas de verano.

Entre los que decidieron volver, estaba Angelo Balestra, quien paradójicamente lo hizo después de jubilarse, incrementando así el número que buscaba combatir (el de la población de adultos mayores), aunque ahora plenamente convencido de que allí es un lugar en el que vale la pena vivir.

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