miércoles 13 de noviembre de 2019 - Edición Nº343

De Puño y Letra | 22 oct 2019

Tintero

“Knockemstiff” quiebra el mar helado dentro de nosotros

El volumen de cuentos de Donald Ray Pollock es un libro que muerde, que deja huella. Una lectura inolvidable.


Por:
Efeme

En una carta a Oskar Pollak, Kafka dijo famosamente que debemos leer libros que nos muerdan  y nos pinchen, que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos. Obras así llamarían nuestra atención, claro, ¿pero cuántos de esos libros nos encontramos al final de una vida? ¿Quién tiene la valentía de escribirlos? ¿Y quién, sobre todo, tendría la valentía de leerlos?

Porque esos libros son muy pocos y porque, además, casi nadie tiene las agallas de abrirlos, es que el mundo sigue igual (sí, sigo pensando que el mundo está mal hecho porque abundan los malos libros y somos todos malos lectores).

Pero de lo que quiero hablarles en esta nota es de lo que casi nunca ocurre, uno de esos milagros infrecuentes en que un mal lector da, por fin, con un libro excepcional. Quiero hablarles de Knockemstiff, el libro de cuentos de Donald Ray Pollock, y de por qué me quedé un largo rato con los codos clavados a la mesa y las manos sobre la cara después de pasar la última página.

He leído Knockemstiff tres veces: la primera por curiosidad, la segunda para descubrir las claves de su eficacia, la tercera para escribir este artículo. Volver a ese libro siempre me dio una mezcla entre fascinación y miedo. Fascinación por regresar a esas historias violentas, singulares y tristísimas, y miedo de quedarme otra vez desarmado y roto después de la lectura. Porque Knosckemstiff es un libro que nos debilita y nos detiene, nos vuelve sensibles justo ahí donde no queríamos. Sus historias nos atraviesan y nos duelen; su sordidez –como dijo Liliana Heker sobre este libro– es difícil de resistir.

Las historias de Knockemstiff suceden justamente en Knockemstiff, una hondonada situada en el sur de Ohio, en los Estados Unidos de América. Lejos de cualquier actividad cultural, industrial, lúdica o económica, en Knockemstiff predomina el aislamiento, el analfabetismo, el miedo y la violencia. Los habitantes de Knocksmstiff son gente desesperada, pero en el sentido más etimológico del término: nadie las espera en ningún lugar, ni siquiera ellos mismos esperan que nada bueno ocurra.

Pueblo de lúmpenes perdidos, de white trash atormentados, de vagabundos locos: lo mejor que podemos encontrar ahí es un puñado de hombres y mujeres de clase trabajadora que se mueven como zombies en una vida que no desean. Los niños de Knockemstiff lucen moretones del color de las bananas pasadas y fantasean con matar a sus padres. Los adolescentes –con sus padres ya muertos o desaparecidos- perdieron el valor de fantasear.

¿Cómo sobrellevar la vida en un lugar como ese? La respuesta es la misma que dieron y seguirán dando los habitantes de cualquier lugar del mundo que se encuentre bajo las mismas condiciones: a través del consumo de drogas baratas, del sexo promiscuo, de la violencia, de la ingesta desorbitada de comida chatarra. Los habitantes de Knockemstiff inhalan cualquier cosa para soportarse a sí mismos, se acuestan con cualquiera para mitigar su angustia, agreden a quien sea para salir del aburrimiento o comen hasta reventar para olvidarse, al menos por un rato, de lo solos que están. 

Por eso es que Knockemstiff trasciende cualquier localía, cualquier ubicación geográfica en el globo terrestre: las historias que cuenta son las historias que ocurren en todos los pueblos corroídos por la pobreza, la desatención gubernamental, la falta de oportunidades, la desesperanza. Todas las ciudades del mundo tienen su Knockemstiff: padres que se divierten maltratando a sus hijos, madres que se evaden con sobredosis de comida o televisión, adolescentes que torturan a sus congéneres más débiles como un modo de pasar el rato, hermanos que tienen sexo a escondidas como la única forma posible de llegar a Dios, niños que abandonan sus casas enloquecidos por la tristeza, vagabundos que violan niñas y conocen por primera vez la felicidad: “Yo nunca se la había metido a una persona de verdad, y cuando empecé a correrme me pareció que todo lo que había vivido hasta entonces dejaba de tener importancia. Los años de penuria y de soledad salieron fluyendo de mí y se pusieron a burbujear dentro de aquella niña como un manantial que brotara de la ladera de una colina.” (“El hoyo de la dinamita”, pág. 35).

Los cuentos de Knockemstiff nos rompen el corazón tanto por sus víctimas como por sus victimarios, tanto por los que padecen la maldad como por quienes la infligen. Ese es el principal mérito de Pollock: mostrarnos el ejercicio del mal como una fatalidad del contexto, sin caer en enjuiciamientos morales ni en condescendencias. Sin acceso a la cultura, ni a la educación, ni al amor de nadie, los personajes de Knockemstiff sobreviven en el abandono total, sin opciones, en un pueblo de nadie que los acorrala hasta la desesperación: ¿qué otra cosa puede hacer esta gente aparte de practicar el mal?, parece preguntarse Pollock. El propio Pollock se responde que ninguna otra cosa, y nosotros entendemos que tiene razón. Por fin entendemos esto sin la intermediación de ideologías, sin discursos teóricos y de la manera en que se entienden las obras de arte: en carne propia.

Este es el efecto transformador que Knockemstiff promueve en sus lectores. Valdría la pena leerlo tan solo por eso. Pero hay otros motivos, que podríamos llamar estéticos a falta de una palabra mayor.

Una de las virtudes narrativas de Knockemstiff es su carácter orgánico: los cuentos, si bien independientes entre sí, si bien autosuficientes y autónomos, tienen además la capacidad de confluir en un sistema que los contiene. Al igual que (por ejemplo) Los desterrados, de Horacio Quiroga, todas las historias de Knockemstiff transcurren en un mismo lugar, con personajes que se repiten y evolucionan a lo largo de la obra. La interrelación de las historias otorga al libro una unidad de sentido que aumenta su fuerza. Juntos, los cuentos pisan más fuerte, hieren más y mejor la sensibilidad del lector de lo que ya lo habían hecho por separado. Cada historia golpea dos veces: el primer puñetazo lo dan en forma aislada; el segundo (el que nos tira a la lona), como partes de un conjunto.

Otra característica importante del libro es su agilidad narrativa: las frases se dejan leer con facilidad y rapidez. Pero esto no quiere decir que su escritura sea trivial: cada frase abre una experiencia angustiante, asombrosa o cruel. No hay oraciones vacías, no hay un solo pasaje gratuito o decorativo. La primera frase de “El destino del pelo” es, en este sentido, un taller literario en sí misma: 

“Cuando los del pueblo lo llamaban ‘tarado’, lo que en realidad querían decir era ’solitario’.”

Una frase de una sencillez asombrosa y, sin embargo, cargada de significación.

Otra de las virtudes de Knockemstiff es su humor. No se trata, por supuesto, de un humor sencillo y meramente gracioso –una simple mirada estúpida sobre la estupidez de los demás– sino de una verdadera visión del mundo a través de la cual los personajes –y con ellos el autor– hacen más soportable lo que tienen para contar. En Knockemstiff el humor logra, como quería Isidoro Blaisten, la categoría de “penúltima etapa de la desesperación”. “Hasta cuando tenía un buen día, verse con su padre era como estar atrapado en un ascensor, en compañía de un caníbal a quien hubieran dejado en ayunas”, puede leerse en “Manteca” –uno de los cuentos más terribles–, y enseguida entendemos que el humor es el único modo posible de contar lo incontable.

A Donald Pollock le llevó mucho tiempo escribir este libro notable, en realidad le llevó mucho tiempo siquiera concebir la idea de agarrar, por primera vez, una pluma y un pedazo de papel. Empezó a escribir a los cuarenta y cinco años –edad en la que los escritores veinteañeros suelen empezar a colgar sus guantes–, no para componer sus propias historias sino para reproducir las de sus autores favoritos. Así se puso a la tarea de tipear, palabra por palabra, cuentos de Hemingway, de Flannery O’ Connor, de Dennis Johnson, de Cheever. Lo hizo durante dieciocho meses, a un ritmo de un cuento por semana: setenta y dos cuentos copiados en un año y medio de trabajo. En algunas entrevistas, el mismo Pollock cuenta que este ejercicio le posibilitó conocer mejor algunos secretos de la escritura, como los relativos a los diálogos y a las transiciones entre las escenas. Después de esta etapa de preparación, empezó con su trabajo creativo: se levantaba a las 5 AM y escribía seis horas diarias, sin excusas, sin coartadas, “tuviera o no tuviera algo para contar”. Nueve años después de haber tomado la decisión de empezar a escribir, apareció Knockemstiff. Le puso a ese libro tantas ganas, destreza y sordidez que el resultado fue arrollador.

Lean Knockemstiff. Como se habrán dado cuenta, este artículo no es una reseña ni un ensayo crítico: es una especie de súplica. Muero de ganas de que lean este libro importante. Si no logré tentarlos con mis argumentos, cuento también con los de otros escritores, más famosos, más sintéticos, más definitivos que yo.

“Más atrayente que cualquier otro libro de ficción publicado en años”, dijo Chuck Palahniuk.

“Portentoso y bestial”, dijo Rodrigo Fresán.

“No tengo memoria de un libro de cuentos tan bien escrito, tan parejo y tan aplastante”, dijo Patricio Jara.

“Uno de los mejores libros que leerán jamás”, dijo Kiko Amat.

Y Kafka, que no tuvo la oportunidad de leerlo, dijo que un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Y éste, señoras y señores, es esa clase de libro.

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