sábado 21 de septiembre de 2019 - Edición Nº290

De Puño y Letra | 5 sep 2019

Tintero

Instrucciones para ser Abelardo Castillo

La huella indeleble del escritor que inspiró a generaciones.


Por:
Efeme

Todos queremos ser Abelardo Castillo. Al menos en Argentina, al menos los que intentamos escribir y tenemos el berretín de publicar nuestros libros. Y así como los escritores de los 60 se hacían los tartamudos para ver si les salía mejor la prosa de Borges, así como los de los 70 se dejaban crecer la barba para imaginar historias fantásticas como las de Cortázar, hoy –pero desde hace ya cuánto– escribidores y escribidoras jóvenes y no tan jóvenes posamos frente al espejo con una pipa encendida, fruncimos a más no poder el ceño y, mientras tosemos un poco, soñamos con escribir los mismos textos contundentes, hablar las mismas palabras definitivas de Abelardo Castillo. Porque (no importa que la televisión no se haya enterado, no importa que en la Universidad no se estudien sus textos) Castillo significa, para los escritores y aspirantes a escritores de mi generación, lo que en otras épocas significaron Borges, Cortázar, Quiroga o Arlt para sus contemporáneos. Un escritor pregnante. Un hombre que, además de escribir textos increíbles, tiene la capacidad de conmover nuestra ética y de cambiarnos la vida. El efecto es muy obvio: una vez convertidos por él, queremos convertirnos en él. Por eso es que, desde hace mucho, todos andamos queriendo ser Abelardo Castillo. 

Y por eso es que nos pusimos tan contentos, allá por el 2014, cuando nos enteramos de que se había publicado el primer tomo de sus Diarios. Vimos en ese libro una especie de brújula, un preciso manual de instrucciones que nos enseñaría a ser como él. Estábamos seguros de que si seguíamos su mismo itinerario (si leíamos los mismos libros que él había leído, si escribíamos la misma cantidad de horas en los mismos intervalos diarios, si, en fin, fumábamos su misma marca de cigarrillos) podíamos ya aprender lo que necesitábamos para lanzarnos de una vez a escribir. Entonces fuimos corriendo a las librerías, compramos el libro y nuestro mundo se iluminó. Lo llevábamos para todos lados como si fuera un conjuro. Lo llevábamos debajo de nuestras axilas, dentro de nuestros bolsos marineros o de nuestros morrales. Lo abríamos en los cafés, en la soledad de nuestro cuarto y hasta en la sobremesa de los domingos, tratando de evitar las manchas de tuco y la mirada resentida de nuestras madres. Y volvimos a tener, con él, dieciocho años, y vivimos sus experiencias como si fueran nuestras. Sentimos con él la belleza del mundo y quisimos contarlo, como él, con nuestras propias palabras (como Abelardos Castillos que éramos), pero no sabíamos cómo hacerlo y entonces tuvimos que leer como locos, para que otros autores nos lo enseñaran. Leíamos a todas horas y como enfermos: a Whitman, a Nietzsche, a Neruda, a Poe. Nos enamoramos de Rilke y de Kafka. A los veinte nos tocó la colimba y la aprovechamos para escribir cuentos –escribíamos siempre de noche- y para leer los tres tomos de El ser y la nada. A los veintitrés ganamos nuestro primer concurso literario con una obra de teatro, y a los veinticuatro fundamos nuestra primera revista literaria. A los veintiséis ganamos el Premio Casa de las Américas con nuestro primer libro de cuentos; a los treinta nos hicimos amigos de Leopoldo Marechal –uno de los escritores que más quisimos–. A los treinta y tres conocimos a Sylvia Iparraguirre y nos enamoramos para siempre de ella. Publicamos nuestra primera novela, seguimos escribiendo cuentos. El Diario de Castillo continúa, pero nosotros ya nos sentimos consagrados. 

Cerramos el libro y volvimos (¡maldita sea!) a ser nosotros mismos. Entonces lo abrimos de nuevo para leerlo todo otra vez. En esta segunda vuelta pudimos hacer una lectura menos ansiosa, más atenta a los detalles. No queríamos perdernos nada y tomamos nota de todo. Recitábamos, para nosotros mismos, algunas frases que nos parecieron ejemplares y las copiamos también en nuestros diarios. Hicimos listas de cada libro que había leído y salimos a las calles a buscarlos: los que no conseguimos en las librerías de viejo los buscamos en las de nuevo, y los que no encontramos en ninguna de las dos, los buscamos por Mercadolibre. Empezamos a leer a Sartre y aunque no le hayamos entendido un pomo, nos hicimos existencialistas. Nos compramos los Cuentos completos de Poe y le dedicamos un lugar de privilegio en nuestra propia biblioteca, aunque en realidad no nos haya gustado tanto. Leímos y releímos a Borges, a Arlt, a Marechal, sólo porque para él fueron su “Santísima Trinidad Literaria” (sic). Y, sobre todo, lo releímos a él, una y otra vez, hasta aprendernos de memoria hasta sus comas. Recién entonces, nos sentimos autorizados a comprar una lapicera para empezar a llenar nuestras propias hojas.

Quisimos escribir de noche, como hacía él, pero como nos dormíamos con la lapicera en la mano no nos quedó otra que escribir de día.

Reescribimos “Conejo” y “El marica” cambiándoles el contexto y algunos personajes, pero tan sólo a nosotros pareció gustarnos.

Mandamos a concurso “Also sprach el señor Núñez” con otro título y otro desenlace, pero no salimos ni en los avisos fúnebres.

Asistimos a talleres literarios para corregir nuestro estilo y nos acusaron de mamertos y de ladrones.

No conocimos a ninguna Sylvia Iparraguirre. Nunca nos hicimos amigos de ningún Leopoldo Marechal. 

Fundamos una revista literaria y nos fundimos.

Epa. “Algo raro está pasando”, nos dijimos. Y claro. Lo que pasaba era que todavía no había salido el segundo tomo de sus Diarios. Cuando lo publiquen y podamos leerlo todo, otro gallo va a cantar. 

Cinco años, esperamos, y en el medio de esa espera Castillo se nos murió. Nos pareció increíble que el mundo siguiera existiendo, que la vida siguiera pasando con su estúpida regularidad. Sentimos, más que nunca, la necesidad de ese último libro, que para nosotros tenía ya el valor de un testamento. Cuando, dos años después de su muerte, por fin se publicó, corrimos otra vez a las librerías para volver a llevar a Castillo debajo de nuestras axilas, adentro de nuestros bolsos marineros o de nuestros morrales. Y volvimos a leerlo en la soledad de nuestro cuarto, en los cafés, en la sobremesa de los domingos, un poco para no sentirnos tan solos y otro poco para seguir buscando esa clave, la que nos ayude a parecernos a él. Pasando la mitad del libro, desistimos de cualquier esperanza:

“Detesto la admiración hacia mí”, escribió Castillo y nos dejó pasmados. “Toda admiración pasional, cuando se es joven, se basa en un error: el que admira construye con fragmentos del otro un personaje irreal que en el fondo lo deja muy cómodo, que lo autojustifica a él y que además le impide pensar por sí mismo”.
 
De acuerdo, Abelardo. Mensaje recibido. No queda otra que resignarse a lo que uno es. Te admiramos tanto que, si vos nos lo pedís, intentaremos admirarte un poco menos.

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