martes 20 de agosto de 2019 - Edición Nº258

Cultura | 25 may 2019

La pobreza es sonora y brillante en "Bruce Lee and the Outlaw"

El documental de Jools Vandebrug cuenta la vida de Nicu, un chico que vive en las alcantarillas de Bucarest.


Por:
Se proyectará el sábado en Buenos Aires

Por Sebastián Lalaurette

Lo primero que desconcierta al espectador en la explosión de sonido y color con que se inicia Bruce Lee and the Outlaw, la opera prima del holandés Jools Vandebrug, es quizá la aparición de ese hombre resplandeciente que se asemeja a una estatua de metal y que no es otra cosa que el personaje del título.

Bruce Lee (o, en rigor, el hombre que se hace llamar "Bruce Lee", y cuyo nombre real es Florin Cora) gusta de llevar pesadas cadenas alrededor de brazos y piernas y de pintarse de plateado. Se pinta el sombrero, el cabello, el bigote, la ropa. Ese brillo lo proporciona el Aurolac, una pintura utilizada para reparar hornos a la que los indigentes de Bucarest le encontraron otro uso: el narcótico. La pintura que cubre a Florin es la misma que inhalan las decenas de niños que viven con él en la ciudad subterránea que existe bajo las alcantarillas de la capital rumana.

Pero no es este Bruce Lee, a quien los noticieros apodan el rey del submundo o el rey de las alcantarillas, el personaje principal de la cinta de Vandebrug. La historia está centrada en la vida de Nicu, uno de los niños que, abandonados por sus familias y, en general, por la sociedad de la Rumania postcomunista, pasan sus días en ese mundo bajo la tierra, envueltos por la omnipresente música dance y las no menos omnipresentes drogas ilegales. Nicu es uno de los muchos indigentes que vagan por los alrededores de la Gara de Nord, la principal estación ferroviaria del país. Y es uno de los que tuvieron la suerte de ser acogidos por el pintoresco monarca subterráneo.

La película no era originalmente una película, sino un proyecto que Vandebrug, fotógrafo de profesión, acometió hace unos años, cuando un niño indigente de Bucarest lo invitó a conocer su hogar bajo la tierra. Allí, mientras tomaba registro de las condiciones de vida de quienes llamó "los Niños Perdidos" en esos túneles acondicionados como viviendas precarias, trabó relación con varios de los habitantes de la alcantarillas y conoció a Nicu y a su protector, el hombre plateado.

Nicu tenía doce años cuando el holandés comenzó a seguirlo para contar su historia, y dieciocho cuando le puso punto final. Pero en la pantalla aparece siempre como más pequeño: se diría que no tiene más de catorce. Su voz cambia de registro constantemente: a veces es ronca, a veces suave y tierna, y en ocasiones aflautada.

No hace falta advertir sobre lo crudo y lo triste de esta historia que se desarrolla ante nuestros ojos. Pero hay que decir que Vandebrug se mueve magistralmente entre la necesidad de contar y la de evitar el melodrama. Entrega un registro documentalmente valioso pero no juzga y por supuesto no condena. En el mundo de Nicu todo es ambiguo: para empezar, la relación con Bruce Lee, a quien él considera su padre; y luego, la propia posición moral de éste, que opera claramente al margen de la ley, vendiendo drogas y recibiendo dinero de los chicos que trabajan en la calle, pero por otra parte les brinda un hogar, protección y cariño y sueña con comprar un hotel abandonado ubicado frente a la estación para que todos los indigentes de Bucarest tengan un lugar decente donde vivir.

Por otro lado, Vandebrug rompe con la neutralidad que habitualmente atribuimos a los documentalistas. Él mismo es un personaje en el filme, uno a quien Nicu nombra varias veces mirando a la cámara o en diálogo con otros personajes. "Jools, quiero que te quedes", le dice en un momento mientras está bajo tratamiento en un hospital. La relación entre ambos es intensa, motorizada no sólo por la necesidad de documentar la historia sino también (esto no lo dice Jools, no lo dice Nicu, pero yo sí lo digo) por el amor.

Aparece en la historia, además de Nicu y Bruce Lee, otro personaje importante: Raluca, la mujer que rescata chicos de la calle y les ofrece su propio hogar para que puedan pasar sus días al abrigo del frío en una Bucarest nevada. Es el propio documentalista quien la llama para que cuide a Nicu, que ha caído enfermo. Lo vemos brevemente reflejado en la ventanilla del auto de la mujer que carga al chico para llevarlo a un hospital.

Raluca se convierte rápidamente en la madre de Nicu, que así tiene, a falta de un hogar tradicional bajo la tutela de un matrimonio, una familia constituida por los líderes de dos refugios, uno sobre la tierra y otro por debajo. Padres imperfectos, muchas veces impotentes, pero presentes. Al amparo de Raluca, el chico empezará a ir a la escuela: su alegría alcanza niveles de paroxismo cuando lo vemos caminar por la calle el primer día de clases. Con el tiempo el chico dejará de frecuentar las alcantarillas y pasará casi todo su tiempo en casa de Raluca, aunque nunca dejará de hacer visitas periódicas a la ciudad de túneles.

No hay final feliz para la historia excepto por la felicidad que asoma cada tanto a los ojos de Nicu cuando se siente contenido en su nuevo hogar. El chico sigue luchando contra la adicción y además, como tantos otros niños que viven en las calles, en algún momento contrajo HIV. Bruce Lee está ahora preso, imputado por narcotráfico. El hogar que Nicu conoció ahora está en manos de otra gente, menos amable y más filosa. Pero la vida sigue y eso es bastante.

Bruce Lee and the Outlaw es una de las 68 películas que se proyectarán durante el Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos, que se desarrollará a partir del próximo jueves en varias sedes de la ciudad de Buenos Aires, La Plata y el conurbano bonaerense. La cinta de Jools Vandebrug se podrá ver el sábado próximo a las 20 en la Alianza Francesa de Buenos Aires y al día siguiente en el Centro Cultural General San Martín.

Ver trailer

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:
MÁS NOTICIAS