domingo 20 de octubre de 2019 - Edición Nº319

Información General | 22 ene 2019

Sin rumbo, con Rumbo

Roberto tiene 38 años, patea la calle junto a su perro todos los días y le pone una sonrisa a su dura realidad. Una mascota que le marca el norte a la vida de alguien, que durante 11 años estuvo solo en las calles platenses.


Por:
Historias de calle

Poco debe importarle a Roberto que este sea un año electoral, seguramente no tiene ningún interés en saber si Macri peleará con Cristina por ocupar el sillón de Rivadavia o si será Vidal la que lo haga, si es que logra desdoblar las elecciones. Tampoco se preocupa por si River trae refuerzos de Colombia o si Boca enderezará su rumbo con Alfaro como técnico.

No. A Roberto sin dudas no le importa nada de eso. A Roberto desde hace once años solo le importa Rumbo… su perro.

Solo en la calle desde los 16 años, cuando según cuenta, una tía lo desalojó de su casa tras la muerte de su madre, Roberto vivió de la caridad de los transeúntes, pasando noches de frio o calor al abrigo de la entrada de alguna entidad bancaria. Así, entre changas y limosnas, fue curtiéndose a base de duros inviernos y agobiantes veranos, que le enseñaron cómo es eso de tener que arreglártelas solito cuando te quedás sin nadie en la vida.

Así fue su existencia, hasta que en una tarde lluviosa de 2007 vio como cuatro cachorros luchaban por sobrevivir en el agua que corría bajo un puente en la localidad de Ringuelet. Sin ser un eximio nadador ni medir las consecuencias de sus actos, se arrojó para tratar de salvarlos a todos, pero solo pudo rescatar a uno.

Once años después, el cachorro y su rescatista siguen juntos, dándose calor en las jornadas de invierno y refrescándose en las tardes estivales. La soledad ya no es un problema y el can que es la brújula en el camino del hombre, fue bautizado Rumbo.

Y así pasaron sus días, juntos pateando las calles, las plazas, las ramblas y las diagonales de una ciudad que parecía ignorarlos, hasta que en abril de 2016, tras casi una década de compañía, las redes sociales viralizaron su caso y consiguieron una pieza en una pensión de la calle 49, en la que juntos pueden dormir y bañarse.

Lo que a diario recaudan con la caridad de quienes pasan a su lado no les alcanza para pagar la pieza, pero por suerte, un grupo en la red social de Mark Zuckerberg junta lo suficiente para abonarla y darle techo desde hace ya casi dos años.

“Mi vida cambio cuando vino Rumbo, porque yo gracias a él pude conseguir una pieza y estamos mejor. Ahora por lo menos tenemos una piecita y un lugar en donde bañarnos todos los días, que antes en la calle no lo teníamos, teníamos que pasar por la fuente a las 4 de la mañana y de ahí ir a dormir al banco de 8 y 51. Y muchas personas me conocen de ahí” cuenta Roberto.

Nada es fácil en su cotidiano, su comida diaria no está garantizada, porque no cuenta con efectivo para adquirirla, por lo que debe parapetarse junto a Rumbo en alguna esquina esperando y agradeciendo la buena voluntad de los que pasen por ahí.

Sobre cómo se hace de su sustento diario, Roberto dice que “yo me gané el corazón de la gente, porque saben cómo tengo el perro. Yo necesito de la gente. Yo no le pido plata, pero si me trae mercadería, alimento para perros, huesos o lo que sea, con eso podemos sobrevivir con Rumbo. Yo lo único que tengo es bastante corazón y sé hasta dónde puedo llegar con él, otra cosa no puedo hacer”.

La de ambos es una relación simbiótica y así lo reconoce al decir que “yo le salvé la vida a él y el me la cambió mucho a mí”. “Rumbo hizo cambiar mucho mi vida. Hizo que no esté más solo, que saliera de la calle. Porque vamos a decir la verdad, gracias a él pude conseguir un lugar y él también lo tiene. Y yo agradezco el esfuerzo que hace la gente para que esto suceda, porque si no fuera por la gente todavía estaríamos en la calle” explica Roberto.

Sobre su pasado, aseguró que “mi mamá me decía que el día de mañana la casa que teníamos en Los Hornos iba a quedar para mí y para mi hermana. Pero mi tía terminó encerrando a mi hermana en Villa del Sol y no me dejan verla. Por eso para mí ahora mi única familia es el perro. Y el día que me falte mi pero me vuelvo loco, porque no la tengo a mi mamá al lado, pero lo tengo a él que me ayudó a salir mucho adelante”.

Finalmente, repartió agradecimientos para quienes se acercan a conocer su historia para ponerla en la agenda mediática, pero también responsabilidades a los políticos que dejan que casos como el suyo sean cada vez más comunes al remarcar “le agradezco a los medios, porque ellos hacen lo posible cuando ven a una persona en situación de calle. No digo la municipalidad, porque acá no se preocupa nadie”.

La historia de este par simbiótico es una de las tantas que hay en las calles de la provincia, una con un pasado que duele, un presente que se tolera y un futuro incierto. La de Roberto y su perro, es la historia de una vida sin rumbo, pero con Rumbo.

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:
MÁS NOTICIAS