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jueves 13 de diciembre de 2018 - Edición Nº2391
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Arte Urbano: Un acto cada vez menos vandálico con un alto contenido social

16 nov - Desde los grafiteros que con sus intervenciones dejan mensajes contra el sistema, hasta quienes hicieron del muralismo un estilo con el que pueden solventar su vida, el arte callejero avanza por la senda de la aceptación dejando cada vez mejores exponentes que cambian el lienzo por el ladrillo a la hora de expresarse

“El arte urbano, será ilegal o no será…”

En esa frase se resume el espíritu de lo que en inglés se denomina Street Art y en Latinoamérica se conoce como arte callejero o arte urbano. Una manifestación artística que durante la mayor parte de su existencia fue considerada vandalismo y perseguida por las autoridades (aún lo es), aunque desde hace ya algunos años se ha buscado preservar las obras de algunos intérpretes, e incluso se los ha invitado a intervenir sobre algunos muros.

Barcelona, Londres, París, México y Nueva York son las ciudades en donde la mayoría de los encumbrados artistas del grafiti y el esténcil han dejado sus marcas, aprovechando momentos de distracción de la autoridad, para plasmar sobre los muros sus obras y dejar una huella de su paso por el lugar.

Muchos eligieron permanecer en el anonimato, como el británico Bansky, otros como el francés Xavier Prou conocido en el mundo del grafiti Blek le Rat, o el norteamericano Frank Shepard Fairey, a quien se conoce como OBEY, eligieron mostrar su rostro al mundo.

Prou fue una gran influencia para Bansky, que llegó a decir sobre el parisino “cada vez que creo que he pintado algo ligeramente original, me doy cuenta de que Blek Le Rat lo hizo mejor, sólo veinte años antes”.

El arte urbano es una manifestación de rebeldía, tanto es así que dentro de quienes lo desarrollan están los que se apegan a la frase que encabeza esta nota, y que consideran que todo aquello que desde el grafiti o el esténcil se desarrolle en el marco de la “legalidad”, deja de ser arte callejero para ser parte del mobiliario urbano, una mera pieza decorativa carente de insubordinación y desobediencia a la autoridad.

Pero no es necesario concordar con este punto de vista (de hecho muchos artistas urbanos no lo hacen) ni mirar hacia afuera para encontrar buenos intérpretes, los hay en nuestro país, en esta provincia y en la mayoría de las grandes ciudades pueden verse por doquier sus intervenciones sobre los muros, sus gestos de rebeldía contra el sistema que los oprime y con los que buscan diferenciar ese pedazo de pared de cualquier otro dejando un mensaje.

La capital provincial sin ir más lejos tiene grandes artistas del grafiti, que actúan de forma diferente según sientan la actividad. Podemos encontrar a Worm, a Luxor, a Falopapas, a Lumpenbola y a bandas de grafiteros que también firman la ciudad como Ocs, Dafne o Mecs. También se pueden ver obras del fallecido Doble 51, un “grafitero equilibrista” que pintaba en los lugares donde nadie se animaba a hacerlo, por su acceso casi imposible, que falleció en un accidente motociclístico yendo a recuperar su mochila a una comisaría.

Dentro de la escena grafitera platense, donde hay más de 10 mil pintadas, las más simpáticas quizás sean las de Worm, que a sus 25 años (con 8 de experiencia) con su gusanito inspirado en el videojuego Worms, llena de color los rincones grises de la ciudad.

Worm, sostiene que el grafiti “en la pintura es la forma de arte más pura, porque por lo general se hace sin permiso y no hay ningún tipo de condición para tu obra, solo el tiempo que tenés para hacerlo. Pero está a la vista de todos y lo hacés sin que te paguen, sale de tus entrañas, es lo que querés dejar ahí”.

Este profesional del aerosol, que paseo sus expresivos gusanitos también por Capital Federal, Bolivia, México DF y Chiapas entre otros lugares, remarca su intención del grafiti como medio para decorar un lugar al sostener que “siento que si una ciudad se me hace muy gris, hay que meterle color. Si me dieran rienda libre para hacerlo y dejase de ser ilegal, no sería menos feliz al hacerlo”.

Worm, no puede vivir de la pintura, como si lo hacen Luxor y Falopapas. El primero, que eligió no hablar con este medio, tiene su obra desperdigada por toda la ciudad, con un manejo del color y las formas que pondrían celoso a cualquier artista de lienzo y pincel. Las paredes sobre las que interviene casi siempre a pedido del dueño, tienen la calidad de una obra de galería, pero la diferencia es que no hay que pagar para verlas.

Quizás quien mayor proyección internacional hay logrado en este rubro haya sido el artista conocido como Falopapas. Su nombre es Augusto Turallas, tiene 38 años y es profesor de Lenguaje Visual II en la facultad de Bellas Artes.

Su trabajo lo depositó hace muy poco en Crown Heights, un barrio de Brooklin sitiado durante años por la violencia racial entre la policía y los residentes. Hasta allí llegó convocado por otro platense, Ariel Rouco, para dejar enclavado un mensaje llamado “Amor, Igualdad y Respeto” en el lateral de un edificio. Un trabajo de 12 días, que en realidad llevó 3 meses.

Falopapas, explica que “para ser precisos lo que yo hago no es grafiti sino arte público, street-art o pintura mural. La diferencia es que el grafiti es una forma ilegal de arte y las otras no. Y me dedico desde siempre, desde que empecé a pintar, porque nunca me importó mucho el soporte. Si era un papel, una tela o una pared a mí me daba lo mismo; a mí me interesaba era explorar eso que los distintos formatos exigían, preguntarme qué límites le ponían a la imaginación las condiciones técnicas. Después, sí, hubo un momento en que mi trabajo mural empezó a tomar más relevancia, en parte por el momento actual, porque el mundo se volcó al Instagram y necesitamos visiones cada vez más monumentales para sentirnos mínimamente conmovidos, y eso también lo entendieron muchas marcas y empresas que ven en el street-art una forma atractiva para conceptualizarse”.

Turallas remarca que en un momento de su carrera “había que reflexionar sobre la diferencia entre pintar en tu casa, pintar para una galería, para ganar un premio de un museo provincial y pintar en la ciudad, en el caos de la dinámica urbana, competir por la mirada del público contra publicidades de personas ligeras de ropa o teléfonos diáfanos muchos más sensuales que esas personas ligeras de ropa”.

Su mirada, mucho más académica, pero no por eso menos popular, lo obligó a ver ¿Cómo repensar esa mínima porción de espacio urbano que alguien le cede? ¿Qué teoría de color gana la ciudad? ¿Qué tipo de composición? “Decir algo en el cubo blanco de una galería no requiere más estrategias que las universitarias, las que ves en las 300 fotocopias que leíste para obtener tu título, y las sociales. Salir a competir contra un semáforo, una moto Suzuki y una publicidad hecha por un equipo de diez personas requiere otras estrategias” por lo que para poder hacerlo “empecé poniendo en crisis lo que había aprendido”.

A pesar de la diferencia generacional con Worm y de las formas de comunicar su labor, coincide con el grafitero platense al negar la esencia ilegal del Street Art y aclara “eso me pasaba a los 15 años, cuando era esencialista, cuando pensaba que había una esencia en las cosas”.

Pero va un poco más allá y dispara “a mí me interesa entender el mundo del arte también como un universo de trabajo. Y en eso el arte es como cualquier otro campo laboral, ya sea la administración pública, la gastronomía o una empresa de camiones. Importa lo que hacés, pero pesa mucho a quién conocés y cómo te manejás con las personas. Así que está bien que un grupo de adolescentes o un grupo de hippies crean que la ilegalidad en el arte aporta alguna verdad incontrastable. Lo respeto pero no es mi caso. Vengo de una ciudad donde la mayoría de los artistas callejeros se piensan como ilegales o como agentes del bien, que creen que el arte es una máquina para producir amistad, con una falsa postura desinteresada en el dinero y con mucha propensión a felicitarse entre ellos. Son artistas que no estudian, no trabajan de manera interdisciplinaria, mucho menos ponen en crisis sus formas de pensarse como artistas o como gestores. Es decir, difícilmente construyen un dispositivo crítico. A mí me interesa todo lo contrario, escaparle al esencialismo, a decir ‘esto tiene que ser así’. Hay que romper cosas, sino estás haciendo lo que manda el amo”.

Los artistas callejeros platenses quizás no compartan la visión de aquel catalán que indicó ‘el arte callejero será ilegal o no será’, pero no por eso sus obras tienen menos contenido, o son menos contestatarias o rebeldes. El mensaje está allí, sobre las paredes, las cortinas metálicas, las chapas de una obra, en un cajero automático o cubriendo el lateral de todo un edificio… y para verlo, disfrutarlo, interpretarlo y hasta criticarlo, no hay que pagar la entrada a un museo o una galería, solo basta con detener la marcha un momento.

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