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sábado 24 de junio de 2017 - Edición Nº1854
Turismo

Gigantes llenos de historia que murieron de pie

13 may - Las chimeneas y el horno de una ladrillera que creció con la ciudad, custodian desde el estacionamiento de un hipermercado la historia que su interior no deja escapar y que muy pocos conocen.

Pocas empresas en cualquier ciudad pueden jactarse de haber sido creadas antes que sea fundado el poblado en el que están afincadas. Ése, es el caso de la ladrillera Ctibor, que fue establecida en marzo de 1882, previendo con su creación poder satisfacer la demanda de materia prima que la naciente capital provincial tendría.


La empresa como se la conoce hoy, nació en 1905 cuando el Ingeniero checo Francisco Ctibor, compró una fábrica de ladrillos de 1882, luego de ganar la licitación para la construcción de los desagües de la ciudad de La Plata, modernizando la producción y trasformando una fábrica que había sido perjudicada por la crisis mundial de 1890, en un establecimiento modelo.


El “Pánico de 1890” había frenado la producción de aquella ladrillera, que desde 1905 y de manera ininterrumpida hasta 1995, produjo material que sirvió para la erección de edificios de la ciudad de La Plata como también de Capital Federal y localidades del interior de la provincia y del país.


En la capital provincial, sus bloques de tierra cocida sirvieron entre otras obras para levantar monumentales obras de la ingeniería como la Catedral, la Legislatura, los Tribunales y la cancha de Estudiantes de La Plata.


En Capital Federal (hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires) su material erigió el edificio de departamentos Kavanah, algunos Docks en Puerto Madero, la actual Usina del Arte, el Museo de Bellas Artes como también edificios para fábricas de la talla de Armour – Swift en distintos puntos del país y en Santa Ana de Libramento, al sur de Brasil.


Los ladrillos producidos en los hornos de la industria que se encontraba entre los caminos Centenario y Belgrano, en los terrenos en los que hoy hay un hipermercado de origen estadounidense, fueron utilizados en lugares tan distantes como el Faro de Puerto Deseado (en la provincia de Santa Cruz) o en la Liebig Extract of Meat Company, en Entre Ríos.


En 1995, la fábrica fue desactivada, para construir una nueva planta con tecnología francesa, en el Parque Industrial de Abasto., que comenzó su producción a finales de 1998 como Cerámica Ctibor SA, presidida por el nieto del fundador, el Ingeniero Jorge Alberto Ctibor.


Es en este momento, cuando la ladrillera se retira y la cadena de tiendas del país del norte llega al lugar que la albergó durante 9 décadas, que quedan las marcas del pasado fundacional en un lugar en el que la modernidad de un paseo de compras invade un terreno de 19 hectáreas, donde la historia se forjó a base de tierra cocida.


La llegada del gigante del norte tuvo sus condiciones y se prohibió en el contrato de alquiler que las enormes chimeneas o el horno que quedaba sobre la margen del Centenario, fueran demolidas. De hecho, se previó todo lo contrario, el concesionario debía encargarse de su mantenimiento, algo que en 22 años no sucedió.


Esos gigantes de ladrillo, que se erigen como centinelas de las salidas hacia la Capital Federal, permanecen incólumes estructuralmente hablando, y aunque su fachada los muestre frágiles, son el producto de una construcción que más de 120 años después, continúa en pie.


Cuando a finales del siglo pasado se retomaron las tareas para la finalización de la Catedral de la Inmaculada Concepción, la empresa fue contactada para seguir proveyendo de ladrillos al fastuoso emprendimiento, ya que aún conservaba los moldes originales de los bloques con los que había sido construido el principal templo católico de la provincia de Buenos Aires.


De esta forma, la empresa continuó con una obra a la que había empezado a proveer antes de su constitución actual.


También de aquella fábrica, la empresa conservó la edificación donde funcionaban las oficinas administrativas, que desde 1999 y hasta 2009 fueron remodeladas, para dar lugar hoy al Museo del Ladrillo. Para ello se reciclaron materiales propios del lugar, llenos de historia y color, que no solo tenían que ver con la actividad, sino que estaban íntimamente ligados a la fabricación.


De esta forma se recuperaron maderas con las que se hicieron pisos, rieles que se incorporaron a escaleras, vigas de metal que se convirtieron en la estructura del moderno museo y ladrillos y maquinarias que mutaron para ser material de muestra, tras una merecida jubilación.


Así, en 2009 fue inaugurado el Museo del Ladrillo en lo que fuera la Administración de la Antigua Fábrica que, junto a viviendas familiares, el horno Hoffman, las chimeneas y lo que será la plaza que lleva el nombre del fundador, forman parte del Paisaje Urbano Arquitectónico de Ringuelet y de la ciudad de La Plata.


El moderno lugar nos ofrece cinco salas para conocer la historia desde un punto de vista muy diferente. La primera de las salas reproduce el escritorio de la antigua administración de la Fábrica Ctibor y evoca a una familia que durante cuatro generaciones se ha dedicado a un solo producto, el ladrillo. La segunda muestra cómo el crecimiento de la empresa estuvo ligado a las grandes obras de la ciudad. La siguiente nos instruye sobre las cuatro primeras etapas del proceso de producción industrializado del ladrillo en el siglo XIX y los cambios tecnológicos del siglo XX, exhibiendo colecciones de ladrillos históricos, matricería, maquinaria, materia prima, herramientas, fotografías, piezas, voces y sonidos de las primeras décadas del siglo novecentista. La antepenúltima está dedicada al Horno Hoffmann, desde donde se terminaba el proceso de fabricación con la cocción. Este horno junto con la extrusora de Schliekeysen, son reconocidos como las grandes y decisivas innovaciones del siglo XIX en la industria ladrillera, permitiendo un gran crecimiento en la producción. Finalmente, el último espacio del museo está destinado al proceso de fabricación actual.


Así tras haber dejado atrás el lugar en donde estaban las tierras más altas de la Loma de la Ensenada del Río de La Plata, lugar en el que se autorizó su ubicación para poder extraer del mismo la tierra que se cocería en los hornos, dejaron un cúmulo de memorias escondidas en las chimeneas y el horno que hoy son parte de un estacionamiento, pero que se atesoran en un museo que muy pocos platenses conocen y que quizás está ligado como pocos a la historia de la ciudad

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