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lunes 11 de diciembre de 2017 - Edición Nº2024
Política

Ser Él / Ser Ella

8 nov 2016 - El análisis de los candidatos a horas de la decisión final, bajo la atenta mirada de Sebastián Lalaurette. Un punto de vista imperdible, para entender lo que va a pasar cuando los comicios cierren y el país del norte despierte con un nuevo presidente.

Parece a propósito: los estadounidenses siempre llegan a las elecciones presidenciales divididos en mitades casi exactas, con los candidatos peleando la victoria punto a punto, en un escenario propicio a la adrenalina, como esas pelis de suspenso que les salen tan bien. Tal vértigo no suele corresponderse, sin embargo, con una diferencia sustancial entre los postulantes: mucho espectáculo para que al final sea todo más o menos lo mismo, como suele ocurrir (especialmente allí).

Esta vez es diferente. Los estadounidenses aún viven los coletazos de una crisis capitalista de su propia cosecha que agitó al mundo entero hace unos años y que, a nivel local, dejó un tendal de heridos en las clases medias y bajas; hay un gran descontento y desilusión y, como se sabe, el descontento y la desilusión son el caldo de cultivo para la aparición de figuras estrambóticas y un tanto impredecibles, como lo es Donald Trump, el cínico empresario que hoy por hoy es lo más parecido a un candidato independiente que pueda llegar a ganar la Casa Blanca.

Ante la irrupción de una figura así, el establishment demócrata, hoy en ejercicio del poder, no ha encontrado mejor respuesta que ofrecer lo viejo conocido: Hillary Clinton, la mujer de un expresidente, funcionaria del gobierno actual, una candidata que despierta también inquietantes dudas. A la transparencia chabacana y agresiva de Trump, Clinton responde con opacidad: explica y no explica para qué usó su email personal en lugar del oficial o por qué tantos mensajes fueron borrados; llega a la recta final con una declración absolutoria just in time por parte del FBI que no despierta confianza en la independencia de los investigadores respecto de las figuras a quienes deben investigar; mantiene una reunión con personas ricas e influyentes que aportarán fondos a su campaña y utiliza un dispositivo que impide que se grabe lo que ella dice en esa reunión, de modo de mantener el secreto. Rasgos nada tranquilizadores en momentos en que el partido hoy gobernante necesita mostrarse transparente y abierto y establecer un claro contraste con Trump, a quien acusa de poco confiable y hasta de peligroso.

En tanto, el ex conductor de The apprentice vive días de gloria. Suceda lo que suceda en la elección, ha llegado lejos, mucho más lejos de lo que nadie hubiera pensado. Y lo hizo sin tener que prestar mucha atención a la diplomacia o incluso a la coherencia. De hecho, ahí reside su fuerza: Trump expresa la nebulosa, incoherente miríada de aspiraciones del estadounidense frustrado, que ve que el gran sueño americano se aleja sin remedio, que cumple las reglas pero desearía no tener que cumplirlas, poseer la impunidad del millonario que no paga impuestos porque no quiere y maltrata a diestra y siniestra sin temor a las consecuencias porque su fortuna lo vuelve impune.

Ser Trump es sacar ventaja del sueño americano, convertirse en dueño del propio destino asumiendo en el esquema capitalista el lugar del ganador, es decir, no el del asalariado sino el del propio capitalista, exento tanto de la moral esclava del ciudadano común como de la necesidad de disimulo del político profesional. Ser Trump es no dejar las cosas adentro, decirlo todo, cantarle cuatro frescas a quienquiera que se pare enfrente y no temer a la policía de la corrección política, ese fenómeno tan opresivo en nombre de la libertad y la tolerancia. Trump expresa lo que sus votantes no pueden; su fantasía (la de ellos) es ser él, ser Trump.

Hillary encarna también un universo de aspiraciones. A primera vista, parecen aspiraciones más nobles y más centradas; y tal vez lo sean, ya que Clinton responde mucho mejor al modelo de un estadista que puede diseñar políticas "serias" en el ámbito doméstico y en el exterior, pero no dejan de tener ciertos dobleces. Hay algo de altanero y algo culposo en lo que Clinton despierta en el imaginario social, o al menos en la parte de la sociedad que se identifica con ella, que quiere ser Hillary. El país que eligió a un negro como presidente aun cuando el racismo campea a todo nivel ahora se dispone, tal vez, a ubicar en la presidencia a una mujer; es fácil adivinar aquí el componente de autogratificación que supone consagrar otra vez a un exponente de una minoría en desventaja, de ser mejores en el símbolo, si no en la realidad. Pero los serios tropiezos de la candidata, su falta de transparencia y la sospecha de que está más que dispuesta a transar secretamente con factores de poder lejos de la luz pública, manchan este proceso. Se vota a Hillary, entonces, para evitar que Trump "agarre la manija", se la vota tal vez con menos orgullo que resignación. Aquellos que preferían a un candidato de perfil realmente más progresista, como Bernie Sanders, se inclinan ahora por Clinton a regañadientes.

Estos dobleces son el tipo de cosa que afecta muchísimo más a Hillary que a alguien como Trump, por razones obvias. Se espera de la secretaria de Estado y candidata demócrata que responda a la imagen íntegra que pretende proyectar; nada semejante se espera de Donald Trump a quien, como decimos en criollo, no le entran las balas. Trump ha sido grabado diciendo que cuando sos una estrella podés hacer cualquier cosa con las mujeres. "Agarrarlas de la c..., cualquier cosa", dice en esa grabación, después de contar cómo intentó seducir a una mujer casada. La carrera de cualquier político tradicional habría muerto instantáneamente ante una revelación semejante. A Trump se le permite todo porque su papel es el del político antipolítico, el que exterioriza todas las barrabasadas que el hombre común debe guardarse para sí en la capital de la modestia.

En efecto, Donald Trump es el hipnotista que mantiene a buena parte de los estadounidenses absortos y fascinados ante su propio sueño lúbrico. Su contrincante encarna valores de la política tradicional que no tienen el mismo poder simbólico y que acaso no sean suficientes para detenerlo. Hoy se verá.

Hablábamos, más arriba, de símbolos. Y quizás haya sido la malsana obsesión estadounidense con los símbolos lo que ha llevado a esta final del mundo con tanta adrenalina y tanto peligro latente. Cuando el joven racista Dylann Storm Roof entró en una iglesia de Charleston y acribilló a tiros a nueve personas, todas negras, la nación inició, a la par del lógico duelo, un debate sobre el racismo y sus consecuencias y cómo erradicarlo. En cuestión de semanas el debate había mutado: se trataba ahora de repudiar y suprimir la presencia de la bandera de la Confederación, símbolo de la esclavitud en los Estados Unidos del pasado, en todo ámbito público. Se descolgaron banderas, se aprobaron leyes y ordenanzas, se produjeron "escraches" contra instituciones que exhibían el símbolo. Y al poco tiempo todo acabó. Lo que no acabó, claro, fue el racismo, cuyas causas profundas todo el mundo sigue ignorando convenientemente.

Con todos sus defectos y con todo lo preocupante que resulta su ascenso en el panorama político del imperio, Trump es una expresión manifiesta del hartazgo ante este tipo de cosas. Gente harta de que todo se resuelva en formalidades, en gestos inanes, encuentra en él la oportunidad de gritar jubilosamente lo que hasta ahora estaba prohibido. Entre ellos hay personas racionales que están simplemente hartas de los excesos de la corrección institucionalizada (excesos que irritan al propio Obama), pero también otras que encuentran en él un canal franco para expresar a los cuatro vientos su xenofobia, su racismo y su misoginia.

Hillary, en tanto, está encargada de derrotar al demonio, pero ella misma dista mucho de lo angélico. Es un producto perfecto del cruce entre elementos poco inspiradores: la condición de miembro de una familia política (como lo era Bush, el presidente hijo de otro presidente), el apego a manejos opacos propios de la política sucia y "real", la artificialidad de la imagen cuidadosamente diseñada para las cámaras y otra condición problemática, la de mujer que hace campaña con ser mujer (I'm with her) y que por eso mismo invita a la sospecha.

Dos meses después de la masacre de Charleston estuve, casualmente, en esa ciudad. Pude ver allí una bandera de la Confederación exhibida orgullosamente por las calles. Un signo de rebeldía, quizás, alentado por la presencia habilitante de la figura de Trump y su validación de ciertos discursos. El ciclo no termina, apenas se producen mutaciones de superficie. Gane quien gane esta elección, los estadounidenses harían bien en empezar a mirar por debajo de esa superficie y enfrentar de una vez los reales problemas que los aquejan.

Sebastián Lalaurette

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